domingo, 27 de septiembre de 2009

El sombrio nacimiento de los juegos de consola en la Buenos Aires del 90'.

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Frente al teclado, frente al conflicto que implica "la hoja en blanco" , las palabras se expanden, agigantandose como bestias, extendiendo sus significados y dibujando múltiples imagenes en mi mente.

1.
Nunca tuve la consola de juegos Super Nitendo (16bit), a pesar de haber sido contemporáneo a ella. Quizás no fuese necesario adquirirla entonces, pues ya me encontraba inmerso en otro universo de ficciones virtuales que proponía -primero, temporalmente- la Family Game y -segundo en espacio y tiempo- la consola Sega; su tecnología era muy similar a la Nintendo de 16bit, por lo que el deseo de conseguir una era aun mas decreciente.
Los juegos eran (aun existen físicamente, diseminados por algunos sinuosos locales de videojuegos en galerías céntricas) rectángulos de plástico que imitaban el diseño de los alfajores: dos tapas de plástico escondían una plaqueta interior (como un relleno de dulce de leche) con cientos de diminutas soldaduras y una parte inferior que encastraba a presión en la consola. También llamados cartuchos.
Por televisión, único medio al cual tenia acceso consciente por entonces, la información sobre este nuevo tipo de diversión ficcional era escasa, a excepción de unos pocos espacios ocultos en la programación de canales públicos -canal 7, ATC- y otros privados -"El agujerito sin fin", canal 13-. El tratamiento era sinuoso, casi marginal, como si la sola idea de divertirse con este emergente fenómeno fuese un incomodo aspecto de la personalidad, del cual sentir pena o vergüenza.
En aquellos años -90's- veía a Pablo Marcovsky y a su equipo de gamers (un neologismo, una terminolgia posterior a esa época, propia del siglo XXI) intentado formalizar una exposición que ni siquiera ellos estaban seguros de hacer correctamente, pues no había modelos a seguir (si los había fuera del país) que reafirmaran su trabajo. Sin embargo, lo hacían muy bien. Aun recuerdo el sonido de los joysticks presionándose, botones tras botones con una rapidez y presición maquinal; profesionales en las ficciones virtuales de consola, dispersos en un oscuro estudio de canal 7 -Argentina Televisora Color-, hacinados como en una mazmorra, como un escondrijo.
En consecuencia, el universo que rodeaba a los juegos de consola era misterioso. Sus accesorios -juegos, joysticks, las mismas consolas, etc- solo se conseguían buceando por entre avenidas céntricas, ingresando a sus cavernas comerciales -por aquellos años eran tenebrosas- autodenominadas Galerías y allí recorrer sus espacios hasta dar con el "local de jueguitos". De niños eramos atrevidos y lo sombrío de esos recovecos citadinos era una aventura mas.
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sobre la imagen: un comercio de Once, donde encontrar todo tipo de criaturas de plástico y otros juguetes-extravagancias, fue el recuerdo instantaneo que tuve cuando hablaba de la busqueda en espacios subterraneos,
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viernes, 25 de septiembre de 2009

Hoy es viernes 25 de septiembre del año 2009, solo hoy y no mañana.



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Adonde los chicos juegan, donde cantan canciones, rien y donde el sol los ilumina.
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El paisaje es el mensaje 2.

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sobre la imagen: desde un ventanal en villurca. Días de lluvia.
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miércoles, 23 de septiembre de 2009

El paisaje es el mensaje.

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Días atrás un fenómeno climático afecto la ciudad de Sydney durante horas. Varios nombres, denominaciones, títulos, fueron mencionados durante esos días donde la creatividad periodística se vio impregnada por el texto cinematográfico -antes que cualquier otro- como constructor basal de su discruso.

Por mi parte, reportero bastardo de espacios banales e imaginarios vulgares, me gustaría referirme al fenómeno Sydney como La Niebla Roja.

Este escrito se inicia a partir de esa nomenclatura, pues son sus palabras allí, su preciso lenguaje, el que provoca en mi el extrañamiento. No están depositadas al interior de mi existencia las características de un letrado o intelectual, solo un cierto deposito que podría catalogar como sujeto pensante (aporte intertextual de mi amigo Nacho). Sin embargo, si transporto mi memoria hacia este recuerdo puedo observar como las redes intelectuales que tejen mis pensamientos fueron y son tan heterogeneas que quizá pueda aproximar mis ideas hacia espacios que no conozco específicamente, materialmente, "personalmente", experencialmente.

¿A que me refiero? "La Niebla Roja" -su denominación- parece llevar impreso el sello del Policial Negro (al pinchar el vinculo podrá encontrar una buena definición). Esta simple afirmación trae consigo la posibilidad de hablar de un fenómeno que no se detiene en su expresión oral, o sea, no alcanza únicamente con su mención fonética.

Jamas leí el genero Policial, eso es cierto -y lamentable. Pero puedo ubicar sus lugares comunes, sus personajes, su atmósfera, su escenario, su climax. Entonces, la definición tiene sentido. Tal vez mi perspectiva vuelva subjetiva la interpretación, como una readaptación del genero que al finalizar estas lineas pueda considerarse verosímil, creíble.

La Niebla Roja, en este contexto, expande sus horizontes y construye sus propios escenarios citadinos, traza los rasgos de sus lúgubres habitantes caminando por entre la densidad atmosférica donde respirar es un esfuerzo y el ambiente cordial ni siquiera un viejo recuedo.

La Niebla es un parásito que posesiona seres vivos y objetos inanimados, magnificando el terror implicito en la explicita imagen de tenues colores anaranjados que recuerdan el atardecer en el desierto. Una imagen marciana.

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Ubicar imagenes: en Flickr hay un grupo autodenominado The Red Sydney Project - Dust StormDays que se ha propuesto publicar las fotografias tomadas por cada uno de sus miembros. Recomiendo bucear en ella.
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Autoreferencial.

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Mas de una bonita imagen podrá encontrarse aquí. Publico lo privado. Otro espacio virtual donde he publicado palabras aun mas confusas, adjuntas a una imagen, con la intención de imitar los cuadritos de historieta, esos simples y directos espacios discursivos donde una imagen y un texto mínimo explican toda una escena.

"Publico lo privado" es la guia de la acción, llevar una confesión intima -cierta o no, pero verosímil- a un espacio donde quien quiera pueda hacerce con ella, como adquirir un libro autobiográfico o esas fotografías personales que hay en algunas ferias de San Telmo y otras de plazas o parques. Tomar una parte de la intimidad -no siempre tan profunda.
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23 de septiembre del año 2009.



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sobre el vídeo: se trata de una serie de conciertos tomados al interior -o exteriores- de espacios intimos donde los artistas parecen parte de la composición de una pintura, en su imagen y en el sonido. Consultar aquí, y disfrutar.

martes, 22 de septiembre de 2009

Apresurado y temeroso.

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Orillaba la estación de tren, núcleo del barrio donde convergen la partida y el arribo, estación terminal de varias lineas de ómnibus y punto de encuentro de quienes buscan reunirse sin extraviarse en el trafico de los caminantes. Allí, como un transeúnte perdido en medio de la ciudad, como un buzo de aguas profundas llevado por la marea, me vi sumergido en la corriente de personas apresuradas.

El paso por ese camino amerita calculo y prevención. Hay sectores donde el transito es permanente, cercano al ingreso del anden, o su salida; visible contraste con el estático estadio del grupo de individuos en fila que aguarda el arribo -la partida- del ómnibus. Otros, vendedores ambulantes, permanecen en su espacio como estatuas parlantes captando la atención siempre distraida de los que pasan, orientado la recepción general sobre sus productos a buenos precios. Otros, puestos de diarios, emergen como de las profundidades de adoquines asimétricos, cubículos de chapa forrado en tapas de revistas amarillentas o flamantes portadas de diarios informativos.

El trafico también es visual. Por momentos la masividad vuelve imposible reconocer lo que hay alrededor, los rostros, acciones, lenguaje, discurso, deseos. Mis ojos jamas podrían videograbar la transmisión "en vivo y en directo" que la realidad emite diariamente, durante extensas horas. Sin embargo, conservo postales de mis días de caminante por la estación.

El día de la primavera orillaba la estación, llevado por las multitudes, captando lo que podía y abriendo mi percepción solo a aquello que pareciere urgente.

Los radios de los bares agitaban el espacio sonoro con largos parlamentos, en una acústica donde lo que se oía era lo que se intuía. Sobre los picos donde las ondas sonoras eran claras se escuchaba la voz de un discurso. Un hombre, probablemente de traje, de frente a la cámara, plano medio pecho -tomando el plano por debajo de la cintura hasta por encima de su cabeza-, un escritorio pletórito de papeles -muchos pero ordenados-, leyendo algunos tramos de su discurso e improvisando otros, de trasfondo un ventanal y un mástil con la bandera de su país; transmisión en cadena nacional.

Orillaba, dije, sin posibilidad de enfocar mis ojos en una pantalla que compruebe mis cavilaciones sobre las escuchas radiales. Caminaba entre el aroma del almuerzo en una estación de tren, entre sus platillos favoritos y extravagancias (contextualizando) orientales. Como los radios, los televisores estaban encendidos y emitiendo señales, ocultos al interior de cada comerio de almuerzo.

El discurso continuaba, eso parecía. Buscaba compulsivamente una respuesta, un signo de veracidad que permita la tranquilidad de mi estado. La preocupación se adueñaba de mi. El transito fluía y la corriente me llevaba rió arriba donde no hay sitio para preguntas.

Recordé el año 2001, cuando la Argentina padeció los declives de una economía de ficción que finalmente culmino con su sumisión absoluta, la crisis. Por entonces los radios y las televisoras bociferaban estas mismas ondas herzianas sobre los sentidos de tantos desprevenidos -y afectados- habitantes; acaparados por el discurso del caos, el pánico y el miedo; sobresaltados por una lógica oxidada e incongruente; asustados.

Aun escuchaba el discurso del político cuando la corriente finalmente llevo mi cuerpo fuera del núcleo. Su voz se perdía cada vez mas, como el eco en una caverna o desfiladero. Nadie parecía haberse anoticiado del reciente caos que creí escuchar por un radio a baterías -con pocas pilas.

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sobre la imagen: la persiana de un comercio, balvanera.