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sábado, 30 de enero de 2010

Donde los miedos no.

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Recuerdo las palabras de Pablo Perez, escritor argentino y docente (de Redacción y Gramática, fue mi caso). Por aquellos años mi escritura era incipiente, estimulada por el ímpetu desbordante del momento antes que por la narrativa o el deseo de contar una historia. Entonces, le preguntaba a Pablo si existía algún camino que me permitiese concluir una historia, empezarla y terminarla, hacerla interesante e incluir en su estructura la esquiva vuelta de tuerca que hace a un texto recordable, fue allí, rodeado de mis compañeros de curso, sudando la crueldad del verano porteño, encapsulados en un aula con dos ventiladores de techo y un turbo bien ochentoso, allí, donde la calma era un don y enhebrar ideas congruentes un salvavidas en el diluvio, Pablo dijo: "quizás no tengas nada para contar".

Mi remera azul exhibía las huellas del clima nocturno, rodeada de aureolas azul oscuras en un talle small de azul marino, empapado en sudor. La respuesta resulto aplastante, seque las gotas que pendían sobre mi frente, aun abrumado.

Todos allí fuimos alcanzados por sus palabras, atravesados, heridos, aterrados quizás por haber desnudado el miedo instantáneo que cualquiera percibe ante la hoja en blanco, ante el vacío. Temor impulsivo que desarma el intelecto por donde transitan las ideas forjadas durante años de estudio, experiencias y relatos y sensibilidad. Momento cruel que despoja de lo que se creyo cierto e inhibe el sentimiento, el pensamiento, la escritura. Pablo, colocaba obstáculos mencionando monstruos de gruesa historia, pesados de tanta corporalidad, insoportables, con solo pronunciarlos.

Habría de terminar historias, de esas que inician y concluyen, de esas que presentan personajes que ocultan su verdadera naturaleza, intente la vuelta de tuerca, quise utilizar métodos, técnicas, en fin, concluir una historia, lo hice, sin éxito, cargando con el peso de la ausencia de aquella característica principal que recorre a los buenos textos: ser recordable.

martes, 27 de octubre de 2009

Dudar y respirar

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En el candente fervor de una discusión, en el momento culmine de las exposiciones, me planteo la posibilidad de estar errado, de disminuir el énfasis con el cual llevo adelante mis afirmaciones y además intentar el ejercicio de hibridización de mi idea con su antítesis, a la cual me opongo u oponía.

Reset. Mi certeza vuelve al inicio, al primitivo escenario donde solo había pilares y bocetos, un croquis: del edificio que llevaría adelante los fundamentos de mi postura, era el plan, la posibilidad.

Golpe tras golpe, la duda desmorono la arquitectura y dejo ir las preguntas que ahora recorren el terreno de mi conocimiento. Me pregunto por el sentido de mis palabras escritas en mi mente y la computadora, por el deslizamiento de mi bolígrafo en notas al interior de papeles y cuadernos, me pregunto por el sentido de lo que creí verdadero y ahora se cae, irreconocible, en fragmentos.

Observo las pupilas ajenas como un salvavidas ante la oceánica intemperie que hunde a mis pensamientos. La mirada entre panelistas me permite el tiempo para reordenar mis palabras. La primera reacción, el primer grito de socorro, auxilio, 911, es la Improvisación. Utilizo el método y avanzo una considerable porción de casilleros, mientras exploto la verba (mas cercano al sofista que a Theos) y me abstengo de cualquier observación pertinente, me dedico exclusivamente a la defensa y al entretenimiento.

Tácticas de distracción aparte, estaba perdido, debia reformularme, pero con elegancia.
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Sobre la imagen: una fotografía tomada en el lugar de comidas "La Americana", en la imagen, un pingüino.
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viernes, 16 de octubre de 2009

La Belleza

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Una plazoleta guiña su ojo complice a los pícaros transeúntes, quienes sonríen, sonrojados ellos y ellas, mientras fingen caminar distraidos u enfocados en una charla fantasma. "Que alegría" piensan quienes atraviesan las arboledas, el techo de copas, los bancos y las estatuas. Pero ellas no piensan en la alegría, pues porque habrían de pensar en las razones del placer y la satisfacción. Ellas, quizás respondiendo a los suspiros de los caminantes, dirían: "amigos, esto no es un obsequio, esto simplemente es la felicidad".

Ambos, un niño cartonero y yo, nos detenemos junto a las rejas que encierran la plazoleta. Mi asombro era en absoluto desubicado, insolente, desafiante, frente a las miradas del publico de plaza -yo, boquiabierto-; el niño cartonero pudo haber pensado lo mismo y asustarse u ofenderse de igual modo, aunque dudo haber sido el objeto de su sorpresa.

Nos miramos, incrédulos, el niño maravillado frente a una mujer que parecía dirigirse a nosotros, y yo, esa vez, creí haber esbozado un argumento: cuanta hermosa femeneidad.
Las rejas no frenaron mi renovado estimulo y atravesé el acero, todo por llegar a las féminas.

¿Recitaron sonetos?
¿Se oyeron las estrofas de sus melodías?
¿Eran suaves sus voces?

Oh! por la belleza de sus cuerpos! no lo se!

A sus espaldas, El árbol de la vida pintaba el paisaje natural y silvestre.
Como si se tratese de un nuevo guiño, complice y pícaro, hacia el comienzo de una búsqueda que incluya la sabiduría.
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Sobre la imagen: una fotografía tomada por la cámara de mi celular, en una plazoleta del barrio de Belgrano (Bs As, Cap. Fed.), bellas estatuas. También puede ingresar a este link donde encontrara algunas palabras sobre esta misma imagen. Salud!
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