martes, 22 de septiembre de 2009

Apresurado y temeroso.

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Orillaba la estación de tren, núcleo del barrio donde convergen la partida y el arribo, estación terminal de varias lineas de ómnibus y punto de encuentro de quienes buscan reunirse sin extraviarse en el trafico de los caminantes. Allí, como un transeúnte perdido en medio de la ciudad, como un buzo de aguas profundas llevado por la marea, me vi sumergido en la corriente de personas apresuradas.

El paso por ese camino amerita calculo y prevención. Hay sectores donde el transito es permanente, cercano al ingreso del anden, o su salida; visible contraste con el estático estadio del grupo de individuos en fila que aguarda el arribo -la partida- del ómnibus. Otros, vendedores ambulantes, permanecen en su espacio como estatuas parlantes captando la atención siempre distraida de los que pasan, orientado la recepción general sobre sus productos a buenos precios. Otros, puestos de diarios, emergen como de las profundidades de adoquines asimétricos, cubículos de chapa forrado en tapas de revistas amarillentas o flamantes portadas de diarios informativos.

El trafico también es visual. Por momentos la masividad vuelve imposible reconocer lo que hay alrededor, los rostros, acciones, lenguaje, discurso, deseos. Mis ojos jamas podrían videograbar la transmisión "en vivo y en directo" que la realidad emite diariamente, durante extensas horas. Sin embargo, conservo postales de mis días de caminante por la estación.

El día de la primavera orillaba la estación, llevado por las multitudes, captando lo que podía y abriendo mi percepción solo a aquello que pareciere urgente.

Los radios de los bares agitaban el espacio sonoro con largos parlamentos, en una acústica donde lo que se oía era lo que se intuía. Sobre los picos donde las ondas sonoras eran claras se escuchaba la voz de un discurso. Un hombre, probablemente de traje, de frente a la cámara, plano medio pecho -tomando el plano por debajo de la cintura hasta por encima de su cabeza-, un escritorio pletórito de papeles -muchos pero ordenados-, leyendo algunos tramos de su discurso e improvisando otros, de trasfondo un ventanal y un mástil con la bandera de su país; transmisión en cadena nacional.

Orillaba, dije, sin posibilidad de enfocar mis ojos en una pantalla que compruebe mis cavilaciones sobre las escuchas radiales. Caminaba entre el aroma del almuerzo en una estación de tren, entre sus platillos favoritos y extravagancias (contextualizando) orientales. Como los radios, los televisores estaban encendidos y emitiendo señales, ocultos al interior de cada comerio de almuerzo.

El discurso continuaba, eso parecía. Buscaba compulsivamente una respuesta, un signo de veracidad que permita la tranquilidad de mi estado. La preocupación se adueñaba de mi. El transito fluía y la corriente me llevaba rió arriba donde no hay sitio para preguntas.

Recordé el año 2001, cuando la Argentina padeció los declives de una economía de ficción que finalmente culmino con su sumisión absoluta, la crisis. Por entonces los radios y las televisoras bociferaban estas mismas ondas herzianas sobre los sentidos de tantos desprevenidos -y afectados- habitantes; acaparados por el discurso del caos, el pánico y el miedo; sobresaltados por una lógica oxidada e incongruente; asustados.

Aun escuchaba el discurso del político cuando la corriente finalmente llevo mi cuerpo fuera del núcleo. Su voz se perdía cada vez mas, como el eco en una caverna o desfiladero. Nadie parecía haberse anoticiado del reciente caos que creí escuchar por un radio a baterías -con pocas pilas.

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sobre la imagen: la persiana de un comercio, balvanera.

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