martes, 1 de diciembre de 2009

Flores, imaginación y confusión en una tarde fresca.

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Hay flores en las calles, alfombrando baldosas que ahora lucen acolchonadas, cuan afortunados, el suelo floreado tiñe las grises tonalidades de la ciudad, siempre enmarcada en un retrato de penumbras y tan acostumbrada a mimetizarse con los días de lluvia, las nubes grumosas y espesas, la garua que oculta la lágrimas y el frío que somatiza la tristeza. Pero, las flores no. Atravesamos el juego de climas que anuncian la emergencia del verano, lo vemos aproximarse porque lo sentimos recorriendo el cuerpo como una frazada inoportuna que comienza a cubrirnos las piernas, los brazos, el cuerpo, hasta sudar y completar los síntomas del cuadro febril: alucinaciones, fiebre, calor.

Mientras tanto, la primavera porteña despliega su escenario de fantasía, perfuma, suaviza, y entonces creo estar al interior de un comercial de jabón en polvo, entre lavarropas y jóvenes mujeres que recomiendan el producto que salvo sus vidas; y al fin del enunciado me reconozco inmerso en la imagineria de la programación televisiva, donde la felicidad es una bebida, donde la primavera un suavizante para lavarropas, y me miro en el reflejo de la pantalla, escribiendo, y no, algo falla.

Me transporto donde las flores y perfumes desbordan los sentidos, floto por sobre los pétalos esparcidos, me deslizo pero no resbalo, caigo pero no al suelo, observo pero antes siento. Primavera deslizante, pronto te iras finalmente, allá donde piden tus caricias y alegre compañía, continuas tu rumbo horizontal pasando por cada ser que una tarde percibió tu existencia en una abrupta explosión alérgica o al sentarse una tarde de plazas viviendo la explosión colorida, de vida.

Transito por el alfombrado, el aroma, los colores, está fresquito...
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Sobre la imagen: hablamos de flores, arboles, y la cola de la primavera en salida.
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