.Recuerdo las palabras de Pablo Perez, escritor argentino y docente (de Redacción y Gramática, fue mi caso). Por aquellos años mi escritura era incipiente, estimulada por el ímpetu desbordante del momento antes que por la narrativa o el deseo de contar una historia. Entonces, le preguntaba a Pablo si existía algún camino que me permitiese concluir una historia, empezarla y terminarla, hacerla interesante e incluir en su estructura la esquiva vuelta de tuerca que hace a un texto recordable, fue allí, rodeado de mis compañeros de curso, sudando la crueldad del verano porteño, encapsulados en un aula con dos ventiladores de techo y un turbo bien ochentoso, allí, donde la calma era un don y enhebrar ideas congruentes un salvavidas en el diluvio, Pablo dijo: "quizás no tengas nada para contar".
Mi remera azul exhibía las huellas del clima nocturno, rodeada de aureolas azul oscuras en un talle small de azul marino, empapado en sudor. La respuesta resulto aplastante, seque las gotas que pendían sobre mi frente, aun abrumado.
Todos allí fuimos alcanzados por sus palabras, atravesados, heridos, aterrados quizás por haber desnudado el miedo instantáneo que cualquiera percibe ante la hoja en blanco, ante el vacío. Temor impulsivo que desarma el intelecto por donde transitan las ideas forjadas durante años de estudio, experiencias y relatos y sensibilidad. Momento cruel que despoja de lo que se creyo cierto e inhibe el sentimiento, el pensamiento, la escritura. Pablo, colocaba obstáculos mencionando monstruos de gruesa historia, pesados de tanta corporalidad, insoportables, con solo pronunciarlos.
Habría de terminar historias, de esas que inician y concluyen, de esas que presentan personajes que ocultan su verdadera naturaleza, intente la vuelta de tuerca, quise utilizar métodos, técnicas, en fin, concluir una historia, lo hice, sin éxito, cargando con el peso de la ausencia de aquella característica principal que recorre a los buenos textos: ser recordable.



