miércoles, 16 de septiembre de 2009

Distorsion.

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El relato citadino, donde los hechos acontecen espontáneos y el observador atento se compromete a documentar e intentar, esbozar, un pensamiento sobre ello, ese relato, hoy ha mutado y el transito es por el espacio virtual.

Afuera el trafico visual, sus personajes, sonidos, pueden confundir a cualquiera, incluso alterarlo. Abrir la percepción es como permitir el paso del agua en una represa, una tarea que lleva consigo el esfuerzo de la apertura y al mismo tiempo el delicado control del flujo -evitar que la desmesura del río acabe con la ciudad lindera.

Actualmente, esa ciudad de habitantes perceptivos se encuentra sumida en inundaciones y un lento proceso de reconstrucción.

Días atrás, el trafico citadino llevo la percepción al colapso. No fue a causa de las cualidades implícitas de sus personajes, de una ciudad a oscuras -cuasi abandonada- un jueves a las 23hs, de las marcas superficiales que recorren cada vereda o calle rememorando su propia historia inmediata o su historia pasada, de una luna llena de un néctar siniestro que incrementaba su luz fantasmal, expandiendo mis sombras, las sombras de cada transeúnte, de cada objeto, deformando los movimientos del espacio, jugueteando con el tiempo real; las causas no estaban determinadas. El trafico era masivo, y mi cabeza estallaba.

Un chico caminaba conmigo, a la par. No lo conocía. Su andar era presuroso, pero con una soltura que le otorgaba cierta gracia. De pelos alocados y un vestuario de entre casa, siempre estaba unos pasos delante mio. Decidí dejar que me sobrepasara sin mas, pues no se trataba de una competencia. Entonces media cuadra nos separaba, sin embargo yo media mis pasos porque no tenia intenciones de cruzarlo en una esquina (puesto que ambos avanzabamos sobre la Av. Corrientes). Detuvo su paso en un kiosco: compro un cigarrillo suelto. A pesar de los intentos por perderlo, los caminos nos reunieron en la espera de un ómnibus, donde él pidió fuego y fumo su cigarrillo. Estaba inquieto. Tenia las zapatillas rotas, al igual que las mías. Su mirada se perdía en el horizonte, mientras pitaba compulsivamente. Ni siquiera parecía esperar la llegada del colectivo, pero allí estaba. Subimos juntos al 168, él se sentó en un asiento junto a la ventanilla, luego fue mi turno, a unos metros de él. El sujeto estaba perdido, me explico, per-di-do.

La imagen en mi mente no se detiene, hace días que esto sucedió y sin embargo lo recuerdo con detalle. Espero aun este con vida. Oh joven.
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