Recordar es una de las herramientas de la tristeza. Recordar, aquello que actualmente no existe pero cuyas huellas aun se manifiestan al interior de la memoria, en pequeños brotes de una planta cuyas raíces se filtran por cada vena, arteria, tejido, poro, introduciendo al organismo en un defasaje hipnótico de certeras consecuencias en la interacción social -también llamado: "cuelgue".
Recordar, tristeza, suena intrínseco al discurso del Tango. Una cultura construida sobre los cimientos de la añoranza y la pasión desesperada. Incluso el mismísimo Carlos Gardel canta "Mi Buenos Aires Querido" en homenaje a espacios de su historia que la misma historia se ha llevado consigo en un pesado bolsón -el hombre de la bolsa: ¿el tiempo?.
De la cultura del recuerdo a la herramienta de la tristeza no existen distancias físicas, ya que son proximos, vecinos en un mismo imaginario, barrio o club; únicamente separados por la intención de invocar a los espíritus del pasado, o no hacerlo.
Acción de recordar.
Un año atrás. Junio del 2008. Motociclor -una guitarra, bajo, batería y voz; rock destructivo, punk, grunge, espacial- daba un concierto en la Facultad de Ciencias Sociales de la calle Marcelo T. de Alvear. Actualmente, la banda no existe.
Un aula fue el escenario al ras del suelo. Sus luces estaban encendidas, iluminando las extensiones de cables que viboreaban por el suelo hasta los equipos de sonido o hasta los instrumentos. El trasfondo escénico: un contundente pizarron verde. La barra de bebidas poco a poco fue colmándose de bebedores. Algunas luces se apagaron, otras, de colores como un arco iris, se encendieron. En los inicios de la oscuridad colorida encontré amigos, amigas, extraños familiares, extraños, y muchos extraños desorientados.
Los chicos vibraban. La tensión era evidente, pero a nadie se le ocurriría preguntar al respecto. Caminaban por el aula junto a otros, bebiendo Fernet de sus vasos y del mio, mientras trasvestían su vestuario a una de pelucas y anteojos, proclamando una identidad aun mas ficticia que la de alguien sobre un escenario, ocultos tras personajes, capas sobre capas, hasta que finalmente se perdieron en su mambo.
Cuando las luces se apagaron me acerque a ellos para saludarlos, desearles suerte y viajes cosmicos, pero ellos no estaban, de hecho, estaban, pero sus sentidos estaban sincronizados con otra realidad que yo no percibía.
El trance era una implosión, de adentro hacia afuera, pensé. Ellos habían desfragmentado cada situación coordinante de su sistema, ¿para que? eso no se pregunta!
Arriba, no había arriba en el escenario, allí, allí, los chicos enfocaron su sentidos sobre su música y sobre ellos mismos, como enlaces hacia una nueva esfera brillante que se proyectaba gravitando a su alrededor, patente para ellos, invisible a los espectadores. No había luces encendidas, solo algún foco perdido transescenico, humeante y ruidoso.
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Un documento:
Un aula fue el escenario al ras del suelo. Sus luces estaban encendidas, iluminando las extensiones de cables que viboreaban por el suelo hasta los equipos de sonido o hasta los instrumentos. El trasfondo escénico: un contundente pizarron verde. La barra de bebidas poco a poco fue colmándose de bebedores. Algunas luces se apagaron, otras, de colores como un arco iris, se encendieron. En los inicios de la oscuridad colorida encontré amigos, amigas, extraños familiares, extraños, y muchos extraños desorientados.
Los chicos vibraban. La tensión era evidente, pero a nadie se le ocurriría preguntar al respecto. Caminaban por el aula junto a otros, bebiendo Fernet de sus vasos y del mio, mientras trasvestían su vestuario a una de pelucas y anteojos, proclamando una identidad aun mas ficticia que la de alguien sobre un escenario, ocultos tras personajes, capas sobre capas, hasta que finalmente se perdieron en su mambo.
Cuando las luces se apagaron me acerque a ellos para saludarlos, desearles suerte y viajes cosmicos, pero ellos no estaban, de hecho, estaban, pero sus sentidos estaban sincronizados con otra realidad que yo no percibía.
El trance era una implosión, de adentro hacia afuera, pensé. Ellos habían desfragmentado cada situación coordinante de su sistema, ¿para que? eso no se pregunta!
Arriba, no había arriba en el escenario, allí, allí, los chicos enfocaron su sentidos sobre su música y sobre ellos mismos, como enlaces hacia una nueva esfera brillante que se proyectaba gravitando a su alrededor, patente para ellos, invisible a los espectadores. No había luces encendidas, solo algún foco perdido transescenico, humeante y ruidoso.
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